Mi padre fue el primero en darse cuenta de que a mi madre le estaba fallando la memoria. Era lógico, porque es quien convive con ella. Ella le preguntaba varias veces lo mismo y, cuando él le decía que ya se lo había contado, se ponía como una fiera. No aceptaba que se le hubiera olvidado. Cuando el olvido era tan evidente que no había manera de discutirlo, lo resolvía diciendo que tenía muchísimas cosas en la cabeza y que por eso se le pasaban las cosas.
Mi padre nos lo contaba, pero cuando íbamos a verlos apenas lo notábamos. En esas visitas no veíamos lo que él estaba viviendo en el día a día y creíamos que exageraba. Ahora, al escribirlo, creo que es importante reconocerlo: él llevaba tiempo intentando explicarnos algo que nosotros todavía no alcanzábamos a ver.
A pesar de eso, intentamos de mil maneras que mi madre fuera al neurólogo. No había forma. Se negaba en rotundo, porque para ella no había ningún problema y, por tanto, ningún motivo para ir al médico. Intentar hablarlo tampoco nos ayudaba a avanzar: negaba los olvidos y no conseguíamos que reconociera lo que estaba pasando.
Sobre esa etapa escribiré en otro momento, porque siempre me quedará la sensación de que perdimos un año de oro. No sé qué habría cambiado si hubiéramos conseguido que fuera antes, pero esa pregunta me sigue acompañando.
Agosto de 2024
El punto de inflexión llegó en agosto de 2024, cuando nos juntamos toda la familia en la casa de verano de mis padres, en Navarra. Allí convivimos abuelos, hijos y nietos, y al pasar más tiempo juntos empezamos a entender lo que mi padre llevaba tiempo contándonos. Lo que apenas percibíamos en una visita se hizo evidente en la convivencia.
A mi madre siempre le había gustado tener todo controlado. Era quien se encargaba de la compra y de organizar las comidas y las cenas. Todos estábamos en su cabeza: su marido, sus cuatro hijos, sus nueras y sus seis nietos. Ese verano empezamos a verla desbordada. Teníamos la impresión de que darse cuenta de que no podía con todo la ponía nerviosa e irascible, pero aun así no cedía y seguía queriendo encargarse de todo.
Recuerdo perfectamente una conversación de unos días antes del 15 de agosto, el día de la Asunción. Mi madre estaba preocupada por la comida que íbamos a preparar.
—No tenemos nada de comida para el día 15.
—Sí, mamá, Javi y yo hemos preparado atún y vamos a hacer un arroz blanco para acompañarlo.
Quince minutos después volvió a decirnos:
—Estoy preocupada, no tenemos nada pensado para el día 15.
La misma conversación se repitió por lo menos diez veces. Le explicábamos lo que habíamos preparado y, al rato, volvía a tener exactamente la misma preocupación. Ahí se nos cayó el mundo a los pies.
Este es el recuerdo que más me impactó, aunque aquel verano vivimos varios episodios que hicieron evidentes sus dificultades con la memoria. En esa convivencia entendimos lo que mi padre llevaba tiempo intentando transmitirnos.
Mi madre seguía sin reconocer los olvidos. Aunque nosotros la veíamos cada vez más desbordada, no conseguíamos hablar con ella de lo que estaba pasando sin encontrarnos con su negativa. Esa fue una de las partes más difíciles: nuestra preocupación iba creciendo, pero cada intento de buscar ayuda chocaba con su convicción de que no le pasaba nada.
Cuando pienso en cómo nos dimos cuenta, vuelvo a esa diferencia entre lo que mi padre veía a diario y lo que nosotros percibíamos cuando íbamos a visitarlos. Nos hizo falta convivir más tiempo con ella para comprenderlo. Por eso, si algo quiero compartir de esta primera etapa, es la importancia de escuchar a quien está ahí todos los días, incluso cuando lo que nos cuenta no coincide con lo que nosotros vemos.
En nuestra familia, mi padre fue el primero en darse cuenta. Los demás tardamos más en entenderlo.