Sabíamos que algo pasaba, pero ella no quería ir al médico

Después de aquel verano en Los Arcos, todos entendimos lo que mi padre llevaba meses intentando explicarnos. Pero compartir la preocupación no resolvía el siguiente paso: conseguir que mi madre aceptara ir al médico. Ella seguía convencida de que no tenía ningún problema de memoria, mientras yo vivía con la sensación de que se nos estaba escapando el tiempo.

Ya habíamos intentado que fuera antes del verano. Con el antecedente de mi abuela, queríamos que su médica de cabecera la valorara y decidiera si necesitaba acudir al neurólogo. Pero mi madre tenía muchísimo carácter y difícilmente daba su brazo a torcer. Su explicación era siempre la misma: tenía muchas cosas en la cabeza y por eso se le podían pasar algunas.

Además, seguía siendo una mujer independiente. Iba a exposiciones, quedaba con amigas para comer, ayudaba a repartir comida cuando se lo pedían y viajaba con mi padre. Yo hablaba con ella por teléfono unas tres veces al día y, aunque empezaba a notar que a veces no recordaba lo que me había contado en la llamada anterior, esa vida tan activa hacía más difícil entender el alcance de lo que estaba pasando.

Conseguir que aceptara ayuda

Mi padre, mis hermanos y yo estábamos de acuerdo en que había que buscar ayuda. Intentamos distintas maneras de convencerla, pero no había forma. Para ella, no tener ningún problema significaba también no tener ningún motivo para ir al médico.

Yo vivía aquella etapa con mucha preocupación, buscando como loco tratamientos experimentales mientras todavía intentábamos conseguir una primera valoración. Tenía la sensación de que cada mes contaba y me desesperaba no saber cómo avanzar.

En septiembre de 2024, mi hermano Toño pidió cita con un neurólogo privado. Después de lo que habíamos vivido aquel verano, insistimos hasta conseguir que fuera.

También conseguí convencerla de acudir a su médica de cabecera diciéndole que yo notaba problemas parecidos y que podíamos ir juntos. Le planteé que, según lo que le dijeran a ella, yo también podría ver qué hacer. Presentarlo como algo que nos afectaba a los dos fue lo que me funcionó para que aceptara acompañarme.

Mi amigo Nacho vivió una dificultad parecida con su padre. En su caso, consiguieron que acudiera diciéndole que la consulta era para su madre, y una vez allí las pruebas se las hicieron a él. Lo cuento porque refleja hasta qué punto las familias podemos encontrarnos sin saber cómo conseguir ayuda. Nosotros fuimos buscando la manera como pudimos, con la preocupación y la urgencia que sentíamos entonces.

Las pruebas y otros tres meses de espera

Cuando mi madre fue a su médica de cabecera, le hizo unas pruebas que la jodida superó. Nosotros estábamos viendo los olvidos en casa, pero en aquella consulta consiguió responder bien. La médica me explicó que, por esos resultados, en principio no veía indicada la derivación a geriatría o neurología. Aun así, al escuchar nuestra preocupación, decidió solicitarla.

La cita llegaba para tres meses después. Para mí, que llevaba tiempo buscando qué podíamos hacer, aquella espera se hacía enorme. El deterioro que estábamos observando en casa no entendía de citas, y nosotros seguíamos pendientes de los cambios mientras esperábamos respuestas.

Eso es lo que recuerdo cuando pienso en la importancia de la detección temprana: todo el recorrido que tuvimos que hacer hasta conseguir una valoración. Primero entender lo que estaba pasando, después lograr que mi madre aceptara ir y, finalmente, esperar a que llegara la consulta. Cada uno de esos pasos llevó tiempo.

La duda que me queda

Siempre me quedará la sensación de que perdimos un año de oro. Pienso en el padre de mi amigo Nacho y me pregunto si, de haber llevado a mi madre a principios de 2024, habríamos encontrado alguna opción que ayudara a ralentizar la enfermedad. No sé si habría podido acceder a las mismas opciones ni si habrían funcionado en su caso, pero esa pregunta sigue acompañándome.

Comparto esta historia porque sé lo difícil que puede resultar buscar ayuda cuando la persona que quieres insiste en que está bien y sigue haciendo muchas cosas por sí misma. Nosotros estábamos preocupados y queríamos actuar, pero nos faltaba saber cómo conseguirlo.

Mirando atrás, me habría gustado pedir orientación desde el principio sobre cómo abordar su negativa. La dificultad para conseguir que aceptara ir al médico también era un problema para el que necesitábamos ayuda.

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